Autor: Roberto Alejandro Ruiz Aguirre - Distrito Metropolitano de Quito, Ecuador
No toda subida de impuestos significa automáticamente una peor calidad de vida. En economía, las cosas rara vez son tan simples.
En días recientes, el anuncio del incremento del 30% en aranceles a determinados productos provenientes de Colombia, dispuesto por el presidente Daniel Noboa, ha generado preocupación y reacciones inmediatas. Para muchos ciudadanos, la conclusión ha sido directa: esta medida hará que el ecuatoriano viva peor. Sin embargo, un análisis técnico muestra un escenario más matizado.
El impacto real de este tipo de decisiones depende de un concepto fundamental: la elasticidad de la demanda.

Cuando un bien es altamente elástico, un aumento de precio provoca que el consumidor busque alternativas. En Ecuador, gran parte de los productos que ingresan desde Colombia cuentan con sustitutos nacionales o regionales. En estos casos, el mercado se ajusta de manera natural: si sube el precio de un detergente importado, el consumidor cambia a uno local; si se encarece una bebida extranjera, se opta por otra marca. La demanda se redistribuye.
Esto significa que el alza no necesariamente se traduce en un golpe directo al bolsillo del ciudadano.
Solo en bienes inelásticos (aquellos sin reemplazo cercano) el consumidor absorbe el incremento de precio. Y actualmente, la mayoría de productos colombianos que ingresan al país no pertenecen a esta categoría.
Por tanto, afirmar que esta medida condena automáticamente al ecuatoriano a una peor situación económica resulta una simplificación.
Más aún, desde una perspectiva de mediano y largo plazo, este tipo de políticas suele generar efectos estructuralmente positivos. Al encarecer ciertos productos importados, se incentiva el consumo interno, se fortalece la producción nacional, se dinamiza el empleo local y se reduce la dependencia externa. Es un mecanismo que históricamente han utilizado numerosos países para desarrollar su industria y consolidar su economía.
No se trata de castigar al consumidor, sino de crear condiciones para que el dinero circule dentro del país.

Este arancel tampoco debe analizarse únicamente como una decisión comercial. Existe un componente geopolítico y de seguridad regional imposible de ignorar. Ecuador enfrenta hoy una crisis profunda vinculada al narcotráfico, cuyas rutas y origen están estrechamente conectados con Colombia. Aplicar presión económica es una herramienta diplomática legítima para exigir mayor compromiso en la erradicación del problema desde su raíz.
No es una confrontación comercial. Es una señal firme.
Apoyar esta medida no implica idolatrar a ningún gobernante ni adoptar una postura partidista. No se trata de Daniel Noboa como figura política. Se trata del interés nacional. La decisión apunta a proteger la economía ecuatoriana y, al mismo tiempo, exigir responsabilidad regional frente a un flagelo que afecta directamente la seguridad y el bienestar del país.
Ecuador no puede seguir siendo pasivo mientras asume consecuencias que se originan fuera de sus fronteras.

Como ciudadanos, es necesario analizar estas políticas con criterio técnico y cabeza fría. No todo responde a ideologías. No todo es blanco o negro. Algunas decisiones requieren ajustes temporales para construir estabilidad futura.
Los países que avanzan no son los que evitan decisiones difíciles, sino los que entienden por qué se toman.
Hoy más que nunca, Ecuador necesita unidad, visión de largo plazo y respaldo colectivo cuando se implementan medidas complejas.
Menos juicio inmediato.
Más análisis.
Y, sobre todo, más pensamiento de país.
